Competencia verdadera

Detrás de cada ganador hay un perdedor

¿Sabías que para que alguien gane, siempre alguien deberá perder?

¿Sabías que detrás de cada una de tus victorias quedó alguien que vio la suya morir?, ¿Qué para que tú ganaras otro tuvo que perder lo mismo que tú esperabas obtener? Perdió sueños, razones, alma y lo que sea haya apostado.

Sino, mira a Jesús.

Cuanto nos puede llevar a reflexión una verdad tan cruda como esta. ¿Recuerdas la última discusión en la que resultaste ganando el premio de la razón; esa discusión donde expusiste tan bien tus argumentos que ganaste la voluntad de los que te rodeaban; esa discusión donde fuiste “el bueno”?

Nos toca ganar o perder cuando llevamos nuestra vida a competencias. La sensación de ganar se hace fuerte, tanto que no tenemos en cuenta con quienes competimos, e incluso podemos olvidar “por qué” competimos. Solo queremos ganar.

Cada quien se mete en la cancha que quiere, elige sus competidores, se sujeta al réferi que prefiera y persigue sus propios triunfos, y así nos vamos perdiendo con el tiempo hasta separarnos – incluso para siempre – del para que vinimos aquí.  ¿Para qué vives? ¿Qué propósito te levanta cada mañana?

Nuestra naturaleza terrenal busca desalmadamente conquistar territorios, bienes o personas. Conquistarlas por seducción, por ego, por pasión, por dinero, por venganza, por miedo, por ambición o cualquier otra ganancia de esta vida, que con esta vida se queda. Y para los idealistas que confían la ambición de su filosofía en dejar por herencia seguidores de su plan de vida, sepan que “Si el Señor no construye la casa, en vano se afanan sus constructores”…

Y esta reflexión no es para movernos a perder, es para movernos a misericordia. Para que el proceso sea mejor que la meta, pues, la meta verdadera es solo entre Dios y tú, no hay público presente porque no debió haberlo en la carrera tampoco pues “la carrera es individual” (1 Cor 9) y saber que aunque la vida parece ser una competencia entre nosotros, en realidad es una competencia con nosotros, pero muchas veces la cobardía por mirar “este competidor” (tú mismo), mirar sus debilidades, mirar también sus fortalezas que no podremos ignorar nos hace voltear para competir con alguien más, porque superar a otro siempre será más sencillo que superarnos a nosotros mismos. Dolerá menos. Si te ha dolido ganar a otros que amas (porque ganar a quienes no has amado no ha sido tan duro), ¡imagina cuanto duele ganarle a tu propio yo, a esa persona caduca que necesitas dejar atrás cada día! Duele más, pero el placer es mayor, y la recompensa incorruptible aún mayor.

“Por lo que, siendo libre de todos, me he hecho siervo de todos para ganar a mayor número. Me he hecho a los judíos como judío… a los que están sujetos a la ley como sujeto a la ley… a los que están sin ley como si yo estuviera sin ley… Me he hecho débil a los débiles… a todos me he hecho de todo, para que de todos modos salve a algunos. Y esto hago por causa del evangelio, para hacerme copartícipe de él. ¿No sabéis que los que corren en el estadio, todos a la verdad corren, pero uno solo se lleva el premio? Corred de tal manera que lo obtengáis… Así que, yo de esta manera corro, no como a la ventura; de esta manera peleo… someto mis deseos, y me pongo en servicio a todos, no sea que habiendo sido mensajero para otros, yo mismo venga a ser eliminado.”     (1 Cor 9:19-27)

Perdona a tus compañeros de vida, ellos también están persiguiendo metas finitas, que en este mundo se quedarán. La gran mayoría lucha con otros y muy pocos consigo mismos, y no creo que Dios busque perfección al respecto, creo que Dios busca a uno que se atreva a despertar y pueda levantarse del sueño donde sus hermanos son los que debe derrotar. Creo que Dios no busca expertos de batalla consigo mismos, creo que Dios busca a uno arrepentido de pelear con los demás; pelear por razones, pelear por fricciones, pelear por amores, pelear por aceptaciones, pelear por popularidad, pelear por liderazgo, pelear por fama, pelear por dignidad, pelear por dinero, pelear por amor, pelear por la gente, pelear por lugares, pelear por la última palabra.

Vivir en una competencia con otros, aunque parezca cooperativa, así como la hemos aprendido muchos, la llamada “sana competencia”, nos enmarca en una realidad y es que detrás de tu Yo Ganador siempre habrá un Alguien Perdedor. ¿Cómo ignorar esto, si después de Dios lo más importante es la gente? Lo dice Marcos 12:31: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo.”

¿Deseas ganar? Entonces, que tus prójimos ganen contigo, porque ganar solo es como haber perdido.

Dejar de competir con las personas es mantenerse despierto a diario para cumplir el sueño de Dios que es convertirnos en quienes somos por encima de quienes parecemos.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s